Aunque no nos parezca, las religiones están todas entrelazadas, partiendo de las mismas estructuras y en muchos casos, tomando como bases antiguos textos que son adaptados según las creencias del momento. Algo así vimos cuando escribimos sobre si el Antiguo Testamento era sólo un recopilador de textos de otras civilizaciones, pero si ingresamos en el campo de los dioses, la situación es más engorrosa.
En las cosmogonías antiguas no nos resulta difícil ver que los dioses son los mismos, aunque con nombres cambiados. Osiris en el Antiguo Egipto, ocupa el sitio de Rey de Dioses, el mismo logar que Zeus en Grecia o Júpiter en la tradición Romana.
Es más, como lo comentamos en Campodemarte al tratar el Antiguo Egipto, Ra es el Dios supremo quien es advertido que el primogénito de su hija ocupará su lugar y con ello decide impedir que nazca. En Grecia, Cronos es el dios supremo a quien el oráculo le expresa que su primogénito, será su sucesor ni bien nazca. El primogénito en Egipto es Osiris, en tanto que Grecia es Zeus. Salvando el detalle que uno es nieto y otro hijo, la historia se repite casi exacta.
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La historia comienza a principios de 1913, cuando Sarah Ellen Roberts de 41 años, fue acusada de asesinato y práctica de brujería. En el juicio celebrado en Blackburn, fue declarada culpable y condenada a muerte. La pena consistió en que debía ser encadenada y sellada viva en un ataúd forrado de plomo. La sentencia se llevó a cabo el 9 de junio de 1913. Mientras la tapa del ataúd se estaba cerrando, desde allí gritó que no la matarían y regresaría 80 años después para vengar su muerte. Cuando John Roberts, esposo de Sarah, solicitó a las autoridades de la iglesia que se enterrara en una zona que él había construído, ellos dieron una rotunda negativa. Ante esto, se embarcó con el ataúd, con la esperanza de encontrar algún país que le permitiera enterrar a su difunta esposa.








